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Publicado: 2016-01-25

Congreso del Futuro 2016: la ciencia se mete en la cultura chilena

El Congreso termin贸 con un 茅xito sin precedentes: m谩s de un mill贸n de visitas web y miles de personas llenando salones en varias regiones, un centenar de conferencias y una sensaci贸n de profesionalismo mucho mayor que en versiones anteriores. Por Raimundo Roberts, enero 2016.

 

No se trata que los anteriores fuesen malos, no. Es que en este hubo una notable mejoría en muchos sentidos. El Congreso del Futuro ha tenido una característica elemental que se ha consolidado con los años, que es poner en la agenda pública de enero la difusión del conocimiento científico en una de sus formas más tradicionales: la charla divulgativa. Y de paso, tener un momento para hablar de la ciencia en Chile, de sus éxitos y sus falencias.

Su existencia ha producido reacciones de alto nivel como por ejemplo anuncios presidenciales de apoyo a la ciencia, y también otras más pedestres como largas sesiones de preguntas post conferencias, donde el público tenía la oportunidad de hablar, de dar su opinión disfrazada de pregunta, de sentirse parte de una comunidad donde el conocimiento era el tema principal.

Aunque no se habla mucho de ello, también ha servido para hacer contactos, redes y alianzas que tarde o temprano están dando sus frutos para reponer la ciencia en el mundo de las políticas públicas y de la política en general, en un entorno donde el Senado se erige como el Ateneo chileno y la Comisión Desafíos del Futuro como el núcleo donde se articulan las estrategias y los acuerdos, nacionales e internacionales.

Sin embargo, tras cuatro versiones también se había llegado a una especie de meseta, donde la venida de grandes pensadores y científicos podía volverse más bien monótona. Nadie puede dudar de la excelencia de los invitados, pero era difícil argumentar en contra de la falta de conexión con los temas ciudadanos, una de las principales críticas al evento.

Por eso este congreso se enfrentaba a una disyuntiva fundamental: cómo lograr que una larga serie de conferencias científicas mantuvieran el entusiasmo de un público que parecía comenzar a encontrarlo repetitivo, y donde el efecto iluminador de tener a los mejores cerebros del mundo hablando gratuitamente a los chilenos parecía comenzar a diluirse.

Ello, sumado a las temperaturas de enero en Santiago, a que las actividades se concentran en un salón poco adecuado para largas conferencias (por su mobiliario y por el calor que concentra a plena tarde) y la visita durante el 2015 de casi una decena de premios Nobel en otras actividades  de divulgación científica (me refiero a la celebración de los 50 años de la Facultad de Ciencias y al Tercer Encuentro de Cultura Científica de la UNAB) hacían de este encuentro un desafío en sí mismo.

Y es ahí donde se palpa el éxito de este congreso: tuvo un cambio físico, con la adaptación del Salón Plenario del ex-Congreso y el uso de más anfiteatros en Santiago y regiones; un cambio logístico, con mejores conexiones para presenciarlo por Internet y una nueva y mejor página web; y un cambio de enfoque, centrando sus actividades en temas de interés ciudadano de una forma más creativa y atrayente.

Y la ciudadanía respondió en masa: salones llenos hasta el último día y más de 350.000 conectados por Internet en una semana son el sello de aprobación a la nueva logística desarrollada.

Cuando la venida de este centenar de mentes brillantes podía haberse convertido en una torre de Babel, el enfoque en temas de futuro le dio un marco de brillante organización, a sol y sombra, con lluvia o calor.

Mérito es de los organizadores, un grupo de sub cuarenta que trabajó todo el año pensando, planificando y confirmando invitados, y del público, que supo estar a la altura de lo dicho en cada sala.

Queda en todo caso la misma interrogante de siempre, cuando se habla de ciencia: ¿para qué sirvió el Congreso del Futuro 2016?

En lo formal, sirvió como marco para el anuncio presidencial de un proyecto de ley de Ministerio de Ciencia y, post congreso, para comenzar una alianza internacional entre distintos parlamentos (Brasil entre ellos).

En lo social, me aventuro a pensar que fue útil más allá de lo obvio, que es acercar el conocimiento a los ciudadanos, algo además urgente en Chile. Esta vez, sirvió para disfrutar de una actividad cultural consolidada y bien ejecutada, con temas científicos que en su mayoría tenían sentido para la mayoría de los visitantes.

Como para sentirse orgulloso de un evento que podemos agregar a lo chileno, comenzar a sentir como propio y a exigir lo mismo o más para el próximo año. Mientras tanto, veremos cómo será la creación del Ministerio de Ciencia chileno, y cómo continuará el desarrollo de Conicyt, de las becas de postgrado, del estatuto del investigador,  del destino de los Milenio o del retorno de las y los doctores y de la futura Ley General de Ciencia. Seguro que serán temas para el próximo Congreso.

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